Vestíbulo
La historia oficial del edificio es sencilla y respetable. El Ayuntamiento ocupa desde hace más de tres siglos una antigua casa señorial, construida por la familia más rica de la provincia cuando la riqueza todavía se medía en piedra, patios interiores, servicio doméstico y servicios de mesa imposibles de heredar sin discutir. La fachada principal conserva el aspecto severo de las cosas que fueron hechas para durar, y las visitas guiadas, cuando las hay, explican con voz prudente la nobleza de la escalera, el trabajo de la madera, los balcones de hierro y la elegante proporción de las salas nobles.
La historia no oficial es bastante mejor. Según la versión que ha circulado durante generaciones en voz baja, aquella familia aristocrática se arruinó con la mezcla habitual de juego, amantes, negocios absurdos y una escasa capacidad para distinguir la dignidad del ridículo. El episodio final, repetido todavía por señoras muy mayores con visible satisfacción, fue la fuga del último heredero a Marsella con un hombre mucho más joven que él y con la cubertería buena. Después de eso, la casa cambió de manos, pero no de carácter.
Hoy el edificio sigue siendo hermoso, aunque de una forma incómoda. Tiene cuatro fachadas, un sótano que fue cárcel, una buhardilla donde se fuma a escondidas y se arruinan matrimonios con considerable discreción y una habitación cerrada cuya puerta de madera tallada nadie puede retirar sin cometer un sacrilegio patrimonial. Hay funcionarios que juran que existen túneles. Hay otros que los niegan con una convicción demasiado rápida. Hay departamentos que ya no existen oficialmente y olores que permiten orientarse mejor que cualquier plano: la planta noble huele a cera y archivo antiguo; Urbanismo, a polvo caliente de impresora; Informática, a cable fatigado; el sótano, a humedad penitenciaria; y la buhardilla, a tabaco clandestino y colonia barata.
Como todos los edificios antiguos que han sobrevivido a demasiadas reformas y a demasiados alcaldes, el Ayuntamiento ha desarrollado voluntad propia. Los ascensores distinguen personas. Las tuberías escogen el peor momento. Los radiadores silban durante las visitas institucionales. Y las puertas, en especial una, saben perfectamente cuándo conviene seguir cerradas. El edificio sobrevive no gracias a la tecnología ni a los cargos políticos, sino gracias a mujeres eficaces, soluciones provisionales, cinta adhesiva, costumbre y una forma de inteligencia administrativa que rara vez figura en los organigramas.
La historia no oficial es bastante mejor. Según la versión que ha circulado durante generaciones en voz baja, aquella familia aristocrática se arruinó con la mezcla habitual de juego, amantes, negocios absurdos y una escasa capacidad para distinguir la dignidad del ridículo. El episodio final, repetido todavía por señoras muy mayores con visible satisfacción, fue la fuga del último heredero a Marsella con un hombre mucho más joven que él y con la cubertería buena. Después de eso, la casa cambió de manos, pero no de carácter.
Hoy el edificio sigue siendo hermoso, aunque de una forma incómoda. Tiene cuatro fachadas, un sótano que fue cárcel, una buhardilla donde se fuma a escondidas y se arruinan matrimonios con considerable discreción y una habitación cerrada cuya puerta de madera tallada nadie puede retirar sin cometer un sacrilegio patrimonial. Hay funcionarios que juran que existen túneles. Hay otros que los niegan con una convicción demasiado rápida. Hay departamentos que ya no existen oficialmente y olores que permiten orientarse mejor que cualquier plano: la planta noble huele a cera y archivo antiguo; Urbanismo, a polvo caliente de impresora; Informática, a cable fatigado; el sótano, a humedad penitenciaria; y la buhardilla, a tabaco clandestino y colonia barata.
Como todos los edificios antiguos que han sobrevivido a demasiadas reformas y a demasiados alcaldes, el Ayuntamiento ha desarrollado voluntad propia. Los ascensores distinguen personas. Las tuberías escogen el peor momento. Los radiadores silban durante las visitas institucionales. Y las puertas, en especial una, saben perfectamente cuándo conviene seguir cerradas. El edificio sobrevive no gracias a la tecnología ni a los cargos políticos, sino gracias a mujeres eficaces, soluciones provisionales, cinta adhesiva, costumbre y una forma de inteligencia administrativa que rara vez figura en los organigramas.
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