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Mostrando entradas de junio, 2026

Los dos informáticos que se subieron el sueldo

El Ayuntamiento tenía la costumbre de parecer inmóvil incluso cuando algo ya se había torcido. Sus pasillos, con ese olor mezclado de papel viejo, café recalentado y paciencia administrativa, transmitían una serenidad que a veces era simple lentitud y otras, algo peor. A primera hora, la luz entraba en franjas oblicuas por los ventanales altos y dejaba al descubierto polvo, expedientes y alguna sombra de la vida anterior del edificio. En la tercera planta, donde los tabiques eran más recientes pero la incompetencia seguía siendo histórica, trabajaban dos informáticos. Las oficinas de ese ala tenían algo provisional, como si hubieran sido instaladas con la esperanza de que nadie se fijara demasiado en ellas. Allí convivían monitores cansados, una impresora rencorosa, cables mal domesticados y dos hombres que llevaban años confundiendo su mediocridad con talento incomprendido. En el Ayuntamiento se aceptaba casi todo salvo la alegría inmotivada. Por eso, cuando días más tarde ambos empez...

Vestíbulo

La historia oficial del edificio es sencilla y respetable. El Ayuntamiento ocupa desde hace más de tres siglos una antigua casa señorial, construida por la familia más rica de la provincia cuando la riqueza todavía se medía en piedra, patios interiores, servicio doméstico y servicios de mesa imposibles de heredar sin discutir. La fachada principal conserva el aspecto severo de las cosas que fueron hechas para durar, y las visitas guiadas, cuando las hay, explican con voz prudente la nobleza de la escalera, el trabajo de la madera, los balcones de hierro y la elegante proporción de las salas nobles. La historia no oficial es bastante mejor. Según la versión que ha circulado durante generaciones en voz baja, aquella familia aristocrática se arruinó con la mezcla habitual de juego, amantes, negocios absurdos y una escasa capacidad para distinguir la dignidad del ridículo. El episodio final, repetido todavía por señoras muy mayores con visible satisfacción, fue la fuga del último heredero ...