Los dos informáticos que se subieron el sueldo
El Ayuntamiento tenía la costumbre de parecer inmóvil incluso cuando algo ya se había torcido. Sus pasillos, con ese olor mezclado de papel viejo, café recalentado y paciencia administrativa, transmitían una serenidad que a veces era simple lentitud y otras, algo peor. A primera hora, la luz entraba en franjas oblicuas por los ventanales altos y dejaba al descubierto polvo, expedientes y alguna sombra de la vida anterior del edificio. En la tercera planta, donde los tabiques eran más recientes pero la incompetencia seguía siendo histórica, trabajaban dos informáticos. Las oficinas de ese ala tenían algo provisional, como si hubieran sido instaladas con la esperanza de que nadie se fijara demasiado en ellas. Allí convivían monitores cansados, una impresora rencorosa, cables mal domesticados y dos hombres que llevaban años confundiendo su mediocridad con talento incomprendido. En el Ayuntamiento se aceptaba casi todo salvo la alegría inmotivada. Por eso, cuando días más tarde ambos empez...