Los dos informáticos que se subieron el sueldo

El Ayuntamiento tenía la costumbre de parecer inmóvil incluso cuando algo ya se había torcido. Sus pasillos, con ese olor mezclado de papel viejo, café recalentado y paciencia administrativa, transmitían una serenidad que a veces era simple lentitud y otras, algo peor. A primera hora, la luz entraba en franjas oblicuas por los ventanales altos y dejaba al descubierto polvo, expedientes y alguna sombra de la vida anterior del edificio.

En la tercera planta, donde los tabiques eran más recientes pero la incompetencia seguía siendo histórica, trabajaban dos informáticos. Las oficinas de ese ala tenían algo provisional, como si hubieran sido instaladas con la esperanza de que nadie se fijara demasiado en ellas. Allí convivían monitores cansados, una impresora rencorosa, cables mal domesticados y dos hombres que llevaban años confundiendo su mediocridad con talento incomprendido.

En el Ayuntamiento se aceptaba casi todo salvo la alegría inmotivada. Por eso, cuando días más tarde ambos empezaron a sonreír por los pasillos sin que mediara ascenso, dietas ni puente festivo, la anomalía se volvió visible incluso antes de que pudiera explicarse. En un edificio donde la felicidad suele requerir expediente, aquella expresión satisfecha equivalía a dejar huellas.

Se llamaban Rubén y Óscar, y se habían conocido en Formación Profesional. Durante años compartieron el sueño de convertirse en hackers legendarios. No querían trabajar; querían aparecer en documentales, entrar ilegalmente en servidores gubernamentales mientras sonaba música electrónica, escribir código verde en pantallas oscuras y pronunciar frases como «Estoy dentro» con la gravedad de quien cambia el curso de la historia.

Sin embargo, tras siete años de estudios, tres cursos abandonados en la universidad y una cantidad alarmante de tutoriales pirateados, ninguno de los dos había conseguido programar nada verdaderamente útil. El proyecto más ambicioso de Rubén había sido un contador de visitas que dejó de funcionar cuando alguien abrió dos pestañas a la vez. Óscar llevaba once años intentando terminar un videojuego post apocalíptico lleno de ninjas digitales cuyo protagonista todavía no podía saltar.

Aun así, hablaban de sí mismos como si fueran ingenieros de Silicon Valley atrapados injustamente en la administración pública. Rubén repetía con frecuencia que ambos estaban muy por encima del nivel técnico de allí, y en cierto sentido tenía razón, porque el nivel técnico del Ayuntamiento consistía a menudo en conectar el monitor al revés y llamar después a alguien para preguntarle si aquello era grave.

Óscar había entrado gracias a la mediación de su madre, veterana funcionaria de la Diputación. Rubén llegó unos meses después. Según la versión oficial, el departamento necesitaba reforzar la infraestructura informática. Según la versión real, Óscar le dijo una mañana: «Tío, envía el currículum», y Rubén lo envió. Desde entonces eran personal contratado, lo que en el Ayuntamiento equivalía a una categoría ambigua: no del todo dentro, no del todo fuera, no del todo responsables y, al mismo tiempo, imposibles de recolocar sin generar otro problema.

Su gran momento llegó un martes a las 11:17. La empresa externa que gestionaba el programa de nóminas había enviado unas claves temporales para realizar pruebas antes de una actualización. La empleada externa, una mujer eficaz que trabajaba exactamente ocho horas y no regalaba ni un minuto, dejó las instrucciones explicadas con claridad en una carpeta compartida. Ellos no las leyeron. Interpretaron aquel correo como una señal del destino.

—Tío —susurró Rubén—. Estamos dentro.

—¿Dentro de qué? —preguntó Óscar.

—Del sistema.

Hubo un silencio solemne, el tipo de silencio que en las películas precede a un ataque informático internacional y que en la vida real suele anunciar una estupidez. Entraron por accidente en el programa de nóminas. Rubén vio su sueldo. Óscar vio el suyo. El silencio cambió de densidad.

—¿Y si…?

Cinco minutos después, ambos se habían subido el sueldo un 37 por ciento, no por cálculo ni por codicia mesurada, sino porque el número les pareció técnico. Durante los días siguientes todo pareció seguir igual. Llegaban a su hora, hablaban de ciberseguridad, abrían ventanas irrelevantes en sus ordenadores y fingían cansancio profesional. Pero algo había cambiado: sonreían.

Funcionaria 2, que revisaba expedientes con la rapidez de quien piensa tres pasos por delante, levantó la vista al segundo día. No necesitó más de un vistazo.

—Algo han roto —dijo.

No era una pregunta. Funcionaria 1, vestida de gris, tardó un poco más en responder. Esa misma tarde, sin hacer ruido, sin tocar una sola línea de código y sin conceder a los culpables el honor de una confrontación, ambas reconstruyeron lo ocurrido. No fue difícil. Rubén y Óscar habían dejado un rastro tan visible como un elefante atravesando una pastelería.

—¿Qué hacemos? —preguntó Funcionaria 2.

—Nada —respondió la otra.

Y no hicieron nada durante tres meses. Tres meses en los que ambos vivieron en un estado de euforia contenida, convencidos de haber ejecutado una proeza. Después llegó la auditoría. Auditor tardó doce minutos en encontrar la anomalía. Sorribas, el jefe del departamento, apareció aquel día como aparecía siempre cuando había problemas: tarde, desorientado y con una utilidad dudosa.

—¿Esto qué es? —preguntó.

Nadie respondió. No hacía falta. Las miradas subieron hacia la tercera planta. Rubén y Óscar entraron juntos en el despacho y salieron juntos, pero ya no volvieron a sonreír de la misma forma.

La noticia apareció dos días después en el periódico local, en un cuarto de columna situado debajo de un artículo sobre una feria de setas. El texto decía que dos empleados municipales habían modificado accidentalmente sus nóminas durante unas pruebas informáticas. «Accidentalmente» fue idea del Ayuntamiento. «Durante unas pruebas» fue idea de Rubén y Óscar.

La historia tuvo un éxito enorme. En una ciudad pequeña no existe entretenimiento más fiable que una humillación pública moderada. Nadie publicó sus nombres, pero tampoco hacía falta. En los bares, en las colas y en los pasillos del propio edificio, el caso circuló con precisión quirúrgica. La pequeña comunidad informática local los clasificó de inmediato en una categoría nueva y bastante humillante. No eran hackers. No eran del todo inútiles. Eran, simplemente, un ejemplo.

En el despacho de al lado, Funcionaria 2 dejó el periódico sobre la mesa.

—Al final sí hicimos algo —dijo.

—No —respondió Funcionaria 1—. Solo esperamos.

Y en aquel edificio, esperar bien era, con diferencia, la forma más eficaz de intervenir.

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